AVISO PARA NAVEGANTES

Miguel Ángel Carcelén Gandía es un auténtico escritor.
Asegurar eso, siendo también escritor, suena una osadía, pero leyéndole se descubre que es un hombre que sabe relatar, sabe crear personajes dotados de auténtica vida o sacados de la propia vida y, sobre todo, y eso es para mí lo más importante, sabe retratar el ambiente en que se desarrollan sus relatos.
Esta novela transcurre en la República Dominicana, donde, para bien o para mal, pasé casi un año de mi vida como enviado especial del diario La Vanguardia de Barcelona y me correspondió cubrir los acontecimientos de la sangrienta revolución caamañista de tan amargo recuerdo.
Por todo ello, al ver cómo el protagonista de "Ojalá que nos veamos en Macondo" llega a la isla y empieza a encontrarse con personajes que en cierta forma me son familiares puesto que también yo me tropecé con ellos, y a padecer contratiempo y situaciones en cierto modo semejantes a las que yo padecí, no me queda más remedio que admitir que me encuentro frente a alguien que está naturalmente dotado para este difícil oficio, y que pronto o tarde, con este relato o con cualquiera de los que sin duda escribirá en el futuro, acabará triunfando.
Escribir es fácil. Contar, expresar, transmitir como Miguel Ángel lo hace, es un don que tan sólo exige dedicación, entusiasmo y un cierto oficio que se va aprendiendo con los años y la práctica.
La picaresca, la tragedia, la ternura, el calor humano e incluso el desconcierto del hombre extraño en un país extraño, están reflejados tal como son, sin falsedad ni vericuetos y ése es un mérito del que la mayor parte de los que se consideran escritores de renombre, carecen.
Por ello considero que todos aquellos que amamos la literatura debemos contribuir en la medida de nuestras fuerzas para que Miguel Ángel Carcelén pueda seguir su camino y dar a la luz nuevos y cada vez mejores relatos dotados de la misma personalidad y la misma fuerza que tiene esta novela

ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA  1998

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