Masía Muela (Primer capítulo)

I

Don Jaime, si no le importa me gustaría confesar en otro lugar.
Jaime sólo conocía a Angelito de haberlo visto alguna vez en la misa de la tarde del domingo, pero accedió a confesarlo en la sacristía. Le sorprendió que un veinteañero no muy cercano a la parroquia se saltase en su primer encuentro los prolegómenos propios del pudor y dejase que el llanto sirviese de reclamo. Jamás maldeciría lo suficiente haber cedido a la lógica y acostumbrada reacción de acercarse hasta el joven, zarandearle el hombro con una más que cuidada delicadeza y alborotarle el cabello con una sonrisa de espera.
Venga, tranquilo, hombre, que no será para tanto.
“ Venga, tranquilo, hombre, que no será para tanto. Venga, tranquilo, hombre...”, todavía recordaba letra por letra aquella primera frase y su peculiar entonación, y algunas noches, cuando la almohada lo asfixiaba y boqueaba en pesadillas se despertaba repitiéndola, como queriendo expulsarla de una vez por todas. Habían transcurrido más de tres años y no conseguía exorcizar ni esas palabras ni la mirada tímida y vidriosa de Angelito. Terminada la pesadilla sucedía el recuerdo, que era peor porque no admitía la excusa de la inconsciencia. Y en ese breve intermedio le ofrecía unos pañuelos de papel, y apretaba de nuevo el hombro de Angelito, y se dejaba coger la mano mientras el hipo aunaba lágrimas y mocos.
Don Jaime, mire, yo es que...
Nada de don Jaime, ni de usted. Vamos a hacer las cosas bien desde el principio, llámame de tú. Sólo me llaman de usted las viejas que vienen a confesar los pecados de sus vecinas interrumpió el cura queriendo ofrecer confianza e intentando relajar un poco la situación . ¿No vendrás tú también a eso?
“¿Por qué tuve que ejercer de gracioso? ¡Mis gracias y yo! ¿Por qué tuve que seguir dejándome acariciar la mano?”, reproches que sólo aguijoneaban la herida.
Mire..., bueno, mira... sonrisa, mirada furtiva , es que no me sale decirle de tú. Bueno, mira, llevaba ya mucho tiempo con la idea de venir a hablar contigo porque he llegado a un punto en el que todo se me ha puesto en contra y haga lo que haga...
Las palabras se amontonaban, se pisaban unas a otras, llenaban la habitación hasta que el espacio era insuficiente para albergarlas y explotaban en los oídos de Jaime dando paso a una nueva andanada de frases llorosas, inconexas, asquerosas, que en más de una ocasión le hicieron tragar saliva. Ya no había timidez; el llanto desapareció poco a poco, al tiempo que crecía la ansiedad. Jaime perdió muy pronto el hilo de la confesión. Su único objetivo era encontrar el momento adecuado, la excusa oportuna para contener aquel torrente de angustias y acomodarse en algún rincón de la sacristía donde todavía quedase oxígeno; la mano seguía aferrando la suya, la acariciaba, arriba, abajo, el pulgar jugueteando entre sus velludas falanges.
“DIOS, Dios, dios..., la mano asquerosa... Venga, tranquilo, hombre, que no será para tanto... Nada de don Jaime, ni de usted... Don Jaime, si no le importa preferiría confesar en otro lugar... Venga, tranquilo... Es que no me sale decirle de tú... Tranquilo... He llegado a un punto en el que...”. Su propio grito lo despertaba de la pesadilla en la que soñaba que una pesadilla lo despertaba.
El radio reloj parpadeaba en rojo las cinco y veinte. Jaime suspiró, se secó el inexistente sudor de la frente y se arrebujó en las sábanas sabiendo que ya no lograría conciliar el sueño. Jaime escuchó el portalón de los vecinos con la ansiedad de un náufrago que cae en la cuenta de que todavía le queda una hora de costear a la deriva. De cualquier modo lo prefería a estrangularse de nuevo en el recuerdo de Angelito el Telas.

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