La penitencia

Pues verá, señor, que esto sucedió no hace tanto en un pueblo de por aquí mismo cuyo nombre me callo porque está feo eso de señalar, y no porque los susodichos me sean parientes o vayamos a escote en lo de mandar jamones para los que ya no tienen escarpias donde colgarlos. Podemos convenir que el protagonista se llamaba Cristóbal, un agonías que al tiempo que vareaba los olivos rebuscaba almendrucos entre los gasones y cavilaba si era mejor cebar a los conejos con mielga o con alfalfa (el mismo que le daba la vuelta a las mudas cuando se ensuciaban para no gastar tiempo ni agua en las friegas, el mismo que calzaba albarcas como albardas). A este rosigón samugo le hicieron que le llegara con mucho retraso el tiempo de los amoríos y se apañó con la Cari, que no era tanto diminutivo cariñoso como apócope de su propio nombre, la Caridad de la Agustina, que así la llaman en el pueblo; y ya no disimulo más nombres para que no se vaya a tener lo que cuento por invención. Además, a la Cari se la conoce en toda la comarca por lo mandroguera y manilarga que es, entre otras virtudes de las muchas que la adornan. A Cristóbal le sobraba para bien vivir, aunque no lo hacía porque su ansia de estar siempre al retortero para rascarle unos céntimos más a sus ganancias le quitaba el sueño. Por eso andaba siempre alicaído; sin parar quieto, pero morrongo. Los vecinos más metijosos lo convencieron de que su mal no era la avaricia, sino el amor, y se dejó convencer felicitándose por la pronta solución a su sinvivir. No había mucho donde escoger, de manera y modo que le tocó apechugar con el rebús de las mozas casaderas, esto es, la Cari de la Agustina. “Siempre hay un roto para un descosido”, sentenciaban los correveidiles oficiales, augurando que la muchacha le sacaría hasta los hígados al roñoso de Cristóbal. A la Cari le faltaba un hervor para que se le pasase el arroz y hablaba con la boca chica al decir que prefería quedarse para vestir santos que tener que estar toda la vida desnudando a un borracho. Con el más roscao, pendenciero y revientaorzas habría matrimoniado, llegado el caso, con tal de estrenar su ajuar tras casarse de blanco. Porque se casó de blanco, blanco inmaculado, ¡vaya que sí! Otra cosa no, pero ¿limpia?, la Cari era limpísima; otra cosa no, pero ¿apañá?, la Cari era apañaísima; ¿de buena familia?, buenísima; ¿de inteligencia?, inteligentísima; ¿y de reputación?, reputísima. Pero Cristóbal la vio tan bien plantá, tan jaquetona y reluzángana que le faltó tiempo para querer pillar cacho y poder así dejar de darle al manubrio para contentar los apretones del cuerpo. El caso es que, como rumian por aquí, toda la vida de Dios cagando en el corral y a los luegos la Cari nos sale con que quería retrete de oro. Vengo con esto a decir que a quien no había pisado la iglesia en años nada más que para dar la cabezá en los entierros, le entraron las prisas por hacer todos los tramites previos a la boda como si fuera cristiana vieja, así que antes de dejar que el futuro esposo disfrutara un adelanto de sus aireadas gracias le exigió que se pusiese a bien con Dios, o a lo claro, que se confesase. Cristóbal era todavía menos de rezos que su prometida, con lo cual escuchó aquella condición con una creciente sofoquina que acabó en torrencial sudaera, y sobre todo porque lo que tenía oído del cura le dolería en el bolsillo de todas todas, su fama de golondro y sableador era legendaria, por no hablar de su saque a la hora de vaciar orzas y tornajos de atascaburras y otras delicias del campo. Con más pena y miedo que un gorrino en vísperas de San Martín allá que se fue, a postrarse de hinojos ante la caja que se le antojaba mezcla de gabina telefónica y ataúd en tanganillas. Don Nicasio lo recibió con el tan típico como desconocido por Cristóbal formulario:
- Ave María Purísima.
- ¡Ave! –atinó a contestar el labriego echando mano de sus conocimientos cinematográficos en cuestiones romanas.
Si el comienzo fue desacertado el resto de la confesión no pudo ser más desastrosa. A la pregunta que inquiría por el tiempo que había dejado pasar desde la última confesión siguió un tembleque y una tiefalta que fraguaron en sincera respuesta y posterior tronisca del párroco. Cristóbal se explicó. No salió del pueblo hasta que lo llamaron a filas, toda su vida había sido cuidar del campo y del ganado y si su padre consideró que la escuela le sobraba, con más razón pensó lo mismo de las catequesis, de forma que cuando el páter de la mili preguntó que quién no había hecho la primera comunión prometiendo días de rebaje a tenteporrillo, él se animó a levantar el brazo tancampante. Aguantó sesiones de doctrina para aburrir a un muerto, pero se libró de muchas imaginarias y pudo, por fin, en una misma sentá, confesar y tomar la primera comunión vestido de militar pelón. Aunque la broma le costó lo suyo, porque tuvo que invitar a tabaco a todo el cuartel, comprarle una petaca al traspillao del cabo furriel y unos quesos al capitán, un tontifacio tragaldabas que se aficionó a negarle los permisos si no recibía un queso en su despacho cada semana. “Hágase el cargo, padre –continuó con la confesión-, que tan cara como me salió la primera comunión, no iba a ser caso de hacer una segunda ni una tercera, por eso no he vuelto a comulgar desde la mili”. Don Nicasio no sabía si estaba ante un alma sin fuste o ante un comediante; en cualquier caso, sabedor como era de la buena hacienda del confesante decidió hacer honor a su fama a la hora de imponerle una penitencia más agradable a sus arcas que a los ojos de Dios: “Rezarás dos padrenuestros al Cristo de los Remedios, un avemaría a la Virgen de los Dolores y en el cepillo de limosnas penitenciales de san Isidro, patrón de los agricultores, echarás el equivalente a un mes de jornales de vendimia. Y no te olvides de hacerlo –remarcó con mucho énfasis- porque aunque yo no te vea, Dios lo ve todo”. A Cristóbal casi le da un telele al convertir los jornales en euros, telele, espertugá o corajina, no sabía muy bien qué. Aquéllas eran muchas perras, y el cura había dicho que la Iglesia necesitaba fondos para vestir al desnudo y dar de comer al hambriento, pero él miraba a su alrededor y veía que el cura no tenía trazas de pasar angosturas y los santos llevaban mantos y ropajes más caros que todos sus avíos juntos. Había un Cristo que estaba desnudo, con apenas unos calzones, sí, pero tenía tantas velas y tantas lámparas de pingos alumbrándolo que no creía el buen mozo que estuviese pasando frío. En tanto discurría la manera de salir con bien de aquella engañifa para no tener que mentirle a la Cari y poder solazarse con ella, se fue al Cristo desnudo, que debía ser el de los Remedios, pues no vio otro, y le rezó los padrenuestros. Para la cuestión de las avemarías tuvo más problema, pues hasta cuatro imágenes de la Virgen encontró a lo largo de su recorrido por las capillas del templo. Como él sabía lo justo y menos sobre vírgenes y santos no atinaba a encontrar a la destinataria de sus impuestos rezos, y lo mismo le rezaba a la Magdalena creyendo que era la Virgen de los Dolores, como lo hacía a la de los Remedios, recelando que podían enfadarse entre ellas por quedarse alguna con lo que no le correspondía. “Decisión salmónica -se dijo equivocando lo que había escuchado en las películas de romanos que tanto le gustaban-, le rezo a las cuatro y en paz”. Y así lo hizo. Pero el tinglao se armó cuando buscando a san Isidro se tropezó con cuatro santos que podían serlo: uno calvo, con larga barba blanca, capucha y un gorrino a sus pies; otro con un palo de peregrino y un perro sin rabo; el tercero con un par de bueyes enanos sobre la peana, y el último montado sobre un caballo blanco blandiendo una espada. Desde luego que no iba a hacer lo mismo que con las vírgenes, si mucho dinero le parecía lo que tenía que entregarle a san Isidro, un disparate se le figuraba echar esa cantidad en el cepillo de cada uno de los santos. Preguntarle al cura que cuál de los cuatro era san Isidro no le pareció, porque conociendo al cantamisas seguro que le incrementaba la penitencia por su ignorancia supina en cuestiones de santorales, y repartir los euros entre los cuatro tampoco, que no había oído nunca que se discutiese por oraciones mal repartidas, pero por dinero mal repartido sí, y muchas. Así que, rumiando lo mejor, se flechó hacia la imagen de un Niño Jesús de Praga que flanqueaba la pila del agua bendita, se sacó un euro del bolsillo y lo metió en el cepillo, diciéndole: “Atiende, criaturo, que tú pareces de fiar: la propina es pa que le digas a san Isidro, tanto da que sea tu padre como si no, que me mande recao antes de la boda si cree que es de justicia lo que le tengo que pagar. Si me hace saber que sí le abono hasta los intereses”. Ya se iba cuando volvió sobre sus pasos para añadir con un deje de socarronería, mirando de reojo el confesionario: “Y no te olvides de hacerlo porque aunque yo no te vea, Dios lo ve todo”.

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