OÍR COLORES

Y, a veces, uno se despierta y de tanto trote como ha dado por el mundo tarda en situarse. Me sucede siempre, siempre, excepto cuando duermo en Albacete. El paisaje no es ninguna maravilla, no os vayáis a creer: se divisa en primer término la perpendicular de una chimenea metálica atosigada de humos, más al fondo la poco historiada torre del templo de los franciscanos y, allá a lo lejos, los luminosos del centro comercial que antes era Pryca, ahora Carrefour y dentro de poco quién sabe. Para ser fiel al conjunto escribo que desde hace unos años también puedo ver la paradoja de una piscina sobre un ático.
En Valencia me despertaba y veía no muy distantes naranjos que casi siempre estaban en flor, o así quería imaginármelos; en Salamanca el madrigal de las altas torres que dijera Unamuno me saludaba cada amanecer, muy nítidas, las torres de la catedral vieja y nueva, de la Pontificia, de San Esteban..., todas sin solución de continuidad recortadas sobre el rojo crepuscular; en Santo Domingo más que ver escuchaba: el jaleo de los cadáveres de coches que todavía caminaban, las voces de los vendedores callejeros, la trompetilla de los mosquitos más trasnochadores, el verde tropical (porque también los colores se escuchan); en Toledo hubo un tiempo en que tras la persiana se erguía, magnífico, el Alcázar, y a la derecha alcanzaba a ver un trocito de catedral. Ni el Greco disfrutó a diario de paisaje tal. Ahora el panorama se compone de la beatitud de un cementerio y de un monasterio de contemplativas. En Jerez, no siempre, un muchachito Síndrome de Down se encargaba de despertarme desde el otro lado del patio de luces cantando coplas de la Pantoja, y no importaba que la vista fuese deprimente porque aquello lo compensaba todo; en Marruecos los amaneceres me hicieron comprender por qué hay gente que ha renunciado a todo para instalarse en una tierra árida hasta decir basta; en Munich era la melodía de un reloj de campanario que acompañaba el movimiento de una especie de cuco en forma de herrero martilleando la que hacía menos penosos los madrugones; en Cambridge, todo hay que decirlo, no encontré nada que merezca la pena ser noticiado, más bien lo contrario; en Ibiza era la luz, la luz en cualquier época del año; en Castellón la moderna geografía de un campus de diseño. Ha habido veces en las que mi despertar se tropezaba con celdas, con habitaciones de albergues para transeúntes, con broncas de pensiones de más que inequívoca reputación. No obstante, de una u otra manera, para bien o para mal, sea cual fuere el lugar que me albergase, la referencia a la chimenea casi rumienta, a la piscina con vocación alpina y al templo de los mendicantes albacetenses no se ha ido atemperando. Será porque la patria chica se labra un hueco en cualquier corazón o, acaso, porque un adulto es lo que queda de la infancia que ha querido preservar el niño que fue, el caso es que, huyendo de nacionalismos provincianos, Albacete amanece, suena y huele de forma especial.
Generalizar sobre el carácter gentilicio no es magra estupidez: ni los gallegos son incomprensibles (aunque éste su seguro servidor sepa que se va a morir pensándolo, y es que he conocido muchos), ni los catalanes unos usureros, ni los andaluces unos juerguistas gandules. Tampoco los albaceteños son la panacea ni el paradigma de todas las virtudes. Pero nadie me va a hacer bajar de la burra si escribo que la gente de Albacete, por lo general, no te perdona la vida si te despacha una cuarta de carne picada o te recibe en su despacho. Somos gente de pueblo con cierta educación, no la suficiente como para caer en prepotencias ni la insuficiente como para creernos necesitados de redención por parte de otros (incluso los paisanos que sí gozan de reconocido prestigio lo disimulan para no desentonar con el resto) Nuestra geografía municipal es igual: la ciudad es un pueblo que disfruta de las ventajas de las grandes poblaciones sin padecer sus agobios (excuso hablar del penoso tema del aparcamiento y del levantamiento perenne del asfalto para no restarle poesía a estas líneas) Pasear por sus calles es retrasar el reloj varios minutos para demorarse en saludos. Aquí nos conocemos todos e incluso los que se mueven salen en la foto –que nadie se tome a mal si opino que una o dos televisiones locales son una enorme redundancia-. Tenemos zonas verdes, la contaminación suena a relato futurista, el coche es un capricho, un capricho muy generalizado, también es verdad; la cesta de la compra es asequible hasta para los pensionistas, y decir esto es decir mucho. Por presumir se puede presumir incluso de que las corruptelas políticas (que haberlas haylas) son menos hirientes, son casi como de juguete. Una encuesta reciente descubre que los albaceteños son de los que menos van al cine en toda España, y no me extraña. Supongo que también serán de los que menos telenovelas y telebasura vean, porque nos es tan fácil asombrarnos de la vida del vecino que hacerlo de la de los famosos nos resulta mucho más frío y absurdo. Los albaceteños tenemos, además de infinitos defectos, la inmensa virtud –y esto me lo han recalcado forasteros que nos han conocido bien- de abrir prontamente las puertas de nuestras casas y de nuestros corazones.
A veces uno se despierta, y de tanto trote como ha dado por el mundo tarda en situar los colores que oye. Y cuando le falta la chimenea, el campanario y la piscina, cuando no siente el frío sincero del invierno o el calor rotundo del verano, cuando descubre que mayo aún no es verano ni septiembre invierno repite con san Agustín aquel latinajo tan socorrido: “Fecisti nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te”, permitiéndose la licencia de dirigir la frase no a Dios, sino a la ciudad apetecida (Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti). Y lo hace aún a sabiendas de que nadie es profeta en su tierra, sin que la tierra tenga culpa alguna.

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