AQUÍ NO HAY TRAMPA NI CARTÓN

Pocos encargos –encargo fue, que yo no conocía personalmente a Miguel Ángel-, pocos encargos, decía, tan honrosos como prologar este libro. He prologado otros, algunos de ellos de gente más famosa que este cura lleno de coña y buena voluntad, ilusionado y me parece que batallador; he prologado otros, pero ninguno tan hermoso. No recuerdo ya –que me lo diga Miguel- cuál fue el santo/a que dijo aquello de que sólo había hermosura en las cosas simples. Vivimos tiempos tan alambicados que ahora, el santo/a tendría más razón que nunca.
Por eso me ha gustado especialmente esta colección de artículos: huelen a limpio.
A Miguel, como a tantos otros, le gustaría –lo dice por aquí-ser como un niño, porque de los niños es el reino de los cielos y porque, además, siendo niño no te enteras de los empujones que te van dando los demás en la dura batalla de la vida y, aún en el caso de que te enteres, te importa un rábano, porque te queda toda una larga existencia por delante. Y en estos artículos se evidencia ese niño rebelde, lúcido, terco en sus convicciones. No es fácil, lo dice un buscador que lleva ya demasiados años oteando desde las colinas y las vaguadas, encontrar hoy en día un cura así, con alma, mirada y sonrisa de niño enmarcando un cerebro y una voluntad de Ghandi.
Cuidémoslo.
Cuídenme, prelados, monseñores y demás reverencias eminentísimas –lo digo en serio y con el respeto del que busca, que conste-, cuídenme a este niño con aspecto de niño que ha crecido muy rápido y se le van notando algunos pelos canos sobre las gafas despistadas. Cuídenmelo, feligreses. Cuidémoslo todos. Ya sé que este tipo de especies en vías de extinción sabe, pese al aspecto de no enterarse de la misa la media (nunca peor dicho), cuidar perfectamente, solas, de sí mismas. Pero cuidémoslo de todas maneras: es que tiene que cundir el ejemplo. Tienen que aparecer más como éste, que le canta las cuarenta al más pelao (sin que ello signifique necesariamente que el más pelao sea una jerarquía; es capaz de cantarle las cuarenta, y encima con bondad, que es más difícil, a cualquiera) La sociedad necesita gentes entusiasmadas con su ministerio, sea éste decir misa, predicar a los hutus, escribir artículos para un periódico, construir casas en Nicaragua, curar cuerpos o almas o, simplemente, dar testimonio de buena gente, de gente independiente, de gente con buena voluntad.
Pero estábamos en la producción literaria, y me he dejado ganar por la persona, algo que en el caso del autor no es difícil. Lo que ocurre es que yo no creo en las tesis que afirman que una cosa es la obra (literaria) y otra el literato. Recuerdo a uno de mis profesores de Literatura, el gran poeta Gastón Baquero, asegurando que la mayor parte de esos poetas que han escrito cosas maravillosas que te ponen un nudo en la garganta, fueron seres humanos deleznables. No lo creí entonces, ni lo creo ahora. Hay un hombre, una mujer, detrás de la obra escrita. Hay vivencias, afanes, aspiraciones. Quisiera (quiero) estar convencido de que todos, al ponernos frente al papel –bueno, hoy se diría frente al ordenador-queremos entregarle lo mejor de nosotros, plasmar allí nuestras más altas aspiraciones. No existen, me parece, la literatura por la literatura, ni el periodismo por el periodismo. Un poema, una novela, un cuento o un artículo periodístico no son nada por sí mismos, nada valen si no quieren transmitir una idea elevada, algo que contribuya a dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos.
Me consta que Miguel Ángel Carcelén es de éstos. No escribe por escribir, sino que busca transmitir. El suyo no es un acto gratuito, puramente esteticista, sino un acto de amor: aquí tienes mi mensaje, llano, claro. Usted puede o no comprar ese mensaje, puede o no compartir las cosas que aquí se dicen –por cierto, sin tapujos-; yo mismo he tenido que pensar dos veces si estoy de acuerdo con la totalidad de las propuestas vitales que se adivinan tras estos artículos entre lo costumbrista y Saint-Exupery. Pero no podrá usted dudar de que tras esta serie de artículos hay una recta intención y una manera clarísima de expresarla. Ni trampa –en estos tiempos tramposos-, ni cartón –ahora que tanto abundan los falsos mármoles palaciegos-. Yo, francamente, no sabría ejercer una crítica simplemente literaria de estos artículos sin bucear en la intención con la que han sido lanzados, quiero decir escritos.
Ya lo he dicho: aquí huele a limpio. Y eso, para empezar –que aquí ya no estamos empezando: hay mucha mili tras estos artículos-, no es poco.
Fernando Jáuregui

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