Me llamo barro

UNO

“Me llamo barro, aunque Miguel me llame”..., ¡vaya!, ¡ni por ésas! Muy mal deben andar mis neuronas cuando no consigo abocarlas a la tristeza ni con el recuerdo del soneto de Miguel Hernández. Puede que esté envejeciendo, o que me haya vuelto loco, no sé. Antes –y hablar de antes supone regresar a un espacio intemporal, a una especie de ciudad de Macondo donde siempre es lunes y otoño, si bien en mis actuales circunstancias más apropiado sería decir que siempre es noche y primavera-, antes, decía, no había manera de desterrar poesías que comenzaban despertando una suerte de melancolía cíclica que llamaba irremediablemente a la desesperación más atroz. Quizá por eso me dejaron mis dos mujeres (utilizo el misericordioso “quizá” por un mínimo de respeto hacia mí mismo, ¡qué le vamos a hacer!, son muchos años de batallar con mi persona y ya me conozco) Muchos años. ¿Cuarenta y dos? Cuarenta y dos o cuarenta y tres, no sabría precisar, hace tiempo que el tiempo ha perdido sus siempre sinuosos contornos para mí. Hace tiempo que el tiempo..., redundancia, admítaseme la redundancia... ¿Será posible que ni en estas condiciones pueda sacudirme academicismos tales? ¿Estará bien empleada la palabra academicismos? Puede que suene algo pedante, tal vez desproporcionado, como las locuciones de los eruditos de casino de provincias... ¡Madre mía! ¿Qué me está pasando? Intento entristecerme para tomar conciencia de que soy yo el que razona y no lo consigo, como tampoco logro hilvanar un discurso coherente, ordenado al menos. Y lo peor de todo es que no me preocupa como antes. Antes, lo he vuelto a hacer. Me había prometido no volver a hacer referencia al tiempo para no desorientarme todavía más y soy incapaz, me veo incapaz de algo tan simple. No debe ser tan difícil. Vamos a ver, por partes. Es cuestión de respirar hondo, contar hasta tres y omitir incisos. A partir de ahora odiaré los incisos. ¡Lo he vuelto a hacer! A partir de ahora..., ¿tan difícil es vivir sin tiempo?
Uno, dos y tres... Supongo que ya he respirado hondo... En primer lugar lo de la tristeza. Mis mujeres me dejaron por mi tristeza, quizá. Me sirvió de defensa, quiero creer. Hay hombres que nacen guapos, o con nariz aguileña, jorobados, yo nací triste. Y no hay más. Nunca engañé a nadie en eso, era evidente. Doña Lourdes, aquella santa mujer que Dios tenga en su gloria y que me enseñó la magia de la poesía al tiempo que la inutilidad de las raíces cuadradas, lo decía bien claro: “¡Ay qué niño más triste!”. Lo normal es eludir ese tipo de comentarios o cambiarlos por otros del estilo “¡Qué niño más travieso!”, ¡”Qué criatura más tranquila!”, pero no, doña Lourdes, como buena cántabra, llamaba al pan pan y al vino vino, como debe de ser. Ella me descubrió que Miguel Hernández escribió aquello de que “el hombre ha nacido para la tristeza”. Y me lo creí y me lo apropié, o puede que el orden fuese el contrario. Ana, mi primera mujer, me decía que era mi mirada de tristeza infinita lo que la había enamorado. Nunca la engañé. Ni mi intención había sido enamorarla ensayando miradas ni mi tristeza radicaba exclusivamente en mi mirada. Felisa, mi segunda mujer, tropezó con la misma piedra: “¡Qué ojazos tienes, qué mirada más triste, qué guapo eres!”. Cuando con el tiempo se fue dando cuenta de que la pasión inicial provocada por mis ojos melancólicos pasaba y perduraban, sin embargo, sus efectos en mi estado de ánimo, fue muy otro su comentario: “¡Hijo, qué amargado...!”. Ella sola se engañó.
La tristeza fue mi refugio. Otros utilizan los bares de domingos crepusculares frente al partido de fútbol, o la colombicultura, o las visitas periódicas a casas de lenocinio (“¡Qué pedante eres, hijo!”, me habría dicho Felisa), o se compran tres galgos y se echan al monte con una escopeta al hombro que los convierte en los amos del universo durante unas horas... Yo no, me conformaba con algo más doméstico. Ya me podría haber dado por leer más, o aficionarme al cine, como sugería mi madre, sin embargo mis lecturas se reducían a poemas de amor y de tristeza –admítaseme, de nuevo, la redundancia- y al visionado de según qué películas románticas. “Me llamo barro, aunque Miguel me llame...”. ¡Ni por ésas! Pero estaba con lo de mis mujeres, y con lo de mi edad, y mis actuales circunstancias, y mi manía de hablar con corrección. A ver... Uno, dos y tres. ¿Habré respirado ya hondo?
Es difícil no enloquecer cuando a uno le hurtan el tiempo (no volveré a hablar de él, me lo he prometido), el espacio, el habla, la tristeza, el cuerpo incluso... Me he quedado sin refugio, me lo han cambiado por casi la nada. ¡Y pensar que a esta situación me ha traído mi deseo de la nada! Es increíble lo mucho que podemos llegar a querer lo que desconocemos y lo mucho que podemos llegar a odiar la melancolía de los cumplimientos o el cumplimiento de la melancolía.
Alguien viene.
- En el fondo no sé si hice bien en autorizarte, Ramón, no lo sé, no lo sé, no lo sé...
Es la voz de Felisa, inconfundible, de fumadora precoz y atormentada tardía. Con la falta de vista se me ha agudizado el sentido del oído, ahora capto matices en su voz que ni en los momentos de mayor intimidad percibía.
- No empieces otra vez con eso...
La voz del médico, Ramón, no termina de resultarme familiar. Hay algo en ella huidizo, como si su voz dispusiese de la rara facultad de generar esquinas en el aire. No es cierto que los ciegos puedan construir semblantes gracias a los matices de la voz. Al menos no es del todo cierto. Con Ramón me resulta imposible diseñar una cara. Me es más cómodo inventar que no es guapo ni triste, ni triste ni guapo, sino todo lo contrario.
- ...Ya lo hemos hablado muchas veces, Feli, hay decisiones que es mejor no retomar. Haz el favor de pasarme la aguja de tu derecha y pulsar el botón del panel tercero, el de color rojo.
Sé que no es bueno que me rinda a la evidencia de que han podido conmigo, no obstante, estimo que esta comodidad en la que me he instalado es la única que me libra de la desesperación total. Me da igual no sentir mi cuerpo, me es indiferente qué clase de enfermedad me aqueja, qué tratamiento me administran, cuál es mi diagnóstico. Elijo ser una marioneta. Lo que no soporto es el vacío interior.
- Ramón, ¿y no podrías hacer que Miguel...?
- ¡Chisst! ¿No te das cuenta de que puede oírte?
Esas prevenciones son innecesarias. Hace tiempo (lo siento, me rindo, es inútil luchar contra la mención del tiempo), hace tiempo que este humilde servidor, cautivo y desarmado, asumió lo inevitable. Muy tarde, es cierto, pero lo asumí. Al principio todos se comportaban conmigo como si pudiese contestarles, me trataban, valga lo que parece un despropósito, como a una persona. Pronto se fue perdiendo esa fe en que la comunicación conmigo fuese posible y pasé a ser un objeto. Así de duro. Incluso algunos enfermeros no se privan de expeler ventosidades (“¡Ay, hijo, qué pedante eres!”, habría dicho, cómo no, Felisa) en mi presencia, talmente como si no hubiese nadie más que ellos en la habitación. Parte de esa sensación debió de apoderarse de Felisa también, y en menor medida de Ramón, quienes, a veces, hablaban de sus cosas y de mí, admítaseme de nuevo la redundancia, como si no existiese un convidado de piedra entre ellos. A causa de eso caí en la nada.
Felisa me visitaba a diario, lo último que recuerdo son sus caricias, el cosquilleo agradable de sus dedos rozando mis brazos. Entonces aún sentía los brazos. En ocasiones pedía permiso para ponerme ella misma las inyecciones. Imaginaba su mirada de cordera degollada. Me hablaba, no siempre con ternura, más bien casi nunca, para qué engañarnos ya a estas alturas. Me acariciaba, pero sus palabras no se correspondían con su gestos. Me culpaba de haberle arruinado la vida, con muy sutiles giros, es verdad, disimulando las palabras, que no los sentimientos. Aún así comencé a quererla. No sé por qué ahora digo estas cosas, cuando no importan. A Ana la amé, a Felisa la toleré, pero luego la quise. Sí, tanta atención hacia mí, tanta preocupación, tanto hablar con el médico interesándose..., terminó por ablandarme. Y cuando oí que pediría el traslado a este hospital para estar más cerca de mí deseé como nunca en la vida poder moverme para apretarla entre mis brazos. La quise. Y el cariño me duró una semana, justo el tiempo que tardé en caer en la cuenta de que Felisa no se había trasladado tanto por mí como por Ramón. Las mismas visitas que me giraba a mí las giraba al médico, y el roce apresuró lo anunciado. No había más que oírlos. Seguían hablando sobre mí, pero no estaba en sus pensamientos. Les servía de puente para unir sus dos islas desiertas. Y ellos, como náufragos agradecidos, me dedicaban algún comentario vacío: “¡Es bonita la madera de este puente!”. Menos mal que mi inteligencia me alcanzaba para saber traducir así esas sus frases: “Felisa, estás cansada, no es necesario que alargues tu jornada sólo para estar más tiempo con él. Está muy bien atendido, ya lo ves. Venga, te acompaño a tu casa, que seguro que ni ganas tienes de coger el coche, ¿a que no? Termino de anotar las variaciones neuronales y nos vamos”. Del formal Felisa pasó al amigable Feli, y ella no rechistó. Es una tontería, sin embargo, me sirvió de indicio fiable, a mí jamás me permitió llamarla Feli, “suena a nombre de gato”, me regruñía.
Ana también me visitaba, de forma mucho más espaciada, hasta que le pedí lo que nunca debería haber maquinado. Me demostró con ello que me quería, y me demostré que tal vez yo no la amase como pensaba. No he vuelto a saber de ella desde entonces, y así es mejor.
Felisa estaba sola, quizás tanto o más que Ramón, debido a eso su nula resistencia sucumbió prontamente a los embates de su alma gemela. No albergo ningún cargo de conciencia por ello, Felisa había estado sola aún estando conmigo. No puedo evitar, no obstante, cierta desazón, el sentimiento de haberme sentido utilizado, peor aún, ninguneado. Pero qué más da. Al día de la fecha la relación entre mi mujer y Ramón es tan secreta como la muerte de Manolete. Ellos sólo se guardan, por los comentarios que puedo escuchar a las enfermeras que me medican, delante de mí (¡si ellas supieran!) y cuando me visita mi madre y mi hijo.
- Está bien, Ramón, no insisto, pero...
- Si no insistes no hay peros, ¿de acuerdo?
- Sólo pregunto si no podrías hacer algo para que no sufra, me refiero a que...
- Sé a lo que te refieres. Lo hablamos fuera, ¿te parece?
Oigo el portazo y se hace la oscuridad en mi interior. Las voces tienen luz propia, es algo que ni siquiera saben los ciegos. Yo no sé si soy ciego definitivo o si por culpa del arsénico y las pastillas he perdido la vista temporalmente. Hay tantas cosas que no sé, casi tantas como las que no quiero saber, y en el fondo son las mismas. Casi preferiría ser como mi hijo, contentarme con las preguntas ingenuas y las ingenuas contestaciones de su madre. Es bueno que áun crea en los Reyes Magos, en el ratoncito Pérez y en la bondad del género humano, lugar habrá la vida de desfacer ilusiones. Además, un chiquillo de ocho años no entendería una historia tan enrevesada que ni su propio protagonista comprende. Espero que ni de mayor sea capaz de hacerlo. De mayor me habría gustado ser más pequeño y republicano, pero me falto tesón. No sé por qué digo esto ahora, debe ser efecto de la medicación. Yo, en realidad, quería decirme que si en el mundo existiera algo de caridad nadie le contaría a mi hijo que con cuarenta años intenté suicidarme despeñándome con el coche por un precipio que no resultó tan letal como había previsto. Nadie añadiría que, tras quedar parapléjico, había convencido a la única persona que fue capaz de sentir algo de pena por mí (en aquel instante quise confundir pena con amor, y lo logré) para que me suministrase muerte bajo cualquier forma o envoltorio (arsénico y pastillas fue la elección) Nadie sería tan cruel como para transformar en brutal la revelación informando a mi hijo de que ese segundo intento fallido me había postrado en la más absoluta de las miserias y me había otorgado plena carta de ciudadanía en el rincón de los infrahumanos, en la galería de la nada.
A mi otro tocayo, a Miguel de Unamuno, le aterraba la nada. Inteligente que era el hombre. Yo habito la nada, y es preferible dejarse aplastar por el dolor recurrente antes que por el sinsentido. Elijo ser Sísifo antes que Minotauro. “Me llamo barro, aunque Miguel me llame...”, así sea.

DOS

- Hijo, si puedes oírme, estáte tranquilo, que el nene está bien. Muy a su aire, ya sabes cómo es, ha salido a ti en eso, en lo desenvuelto, en lo suelto. En fin..., ¡Mare de Deu del Lledó! El nene está bien, lo que pasa es que prefiero que no venga para verte..., bueno, no sé, para verte así, yo me entiendo..., no sabría cómo explicarle, en fin, esto, es tan preguntón... Y Duende te echa de menos, tendrías que oír cómo aúlla el pobrete cuando vuelvo de verte y te huele en mi ropa. Pero es que en el hospital no dejan entrar animales..., ni animales ni perros...
Se aturulla mi madre, la pobre. ¿A qué se referirá exactamente al decir “esto”? Tantas cosas extrañas ha tenido que soportar que no creo que pueda sorprenderla nada. Pobreta. Recuerdo que cuando me casé se dispuso a morir. Creía que ya tenía cumplido su ciclo y podía, emulando al viejo Simeón, descansar tranquila. No es que lo dijese tan claro, por supuesto, pero comenzó a pasar mucho tiempo en el balcón. El hijo colocado, casado con una mujer decente, una mujer de las de toda la vida pero con carrera, ¡ahí era nada!, una nuera enfermera. Veía mucha más vida en las espaldas que en el horizonte. Ella misma me había dado la solución al contarme, adolescente yo, que los viejos gustan de asomarse durante mucho rato a las ventanas altas y balcones con la pretensión de divisar de lejos la llegada de la muerte, para que no los sorprenda indispuestos. También me comentaba que uno de los síntomas inequívocos de vejez cumplida es la obsesión por los espejos, la idea de que a medida que se acerca la muerte la imagen de la persona se va desdibujando en el espejo. Todavía le quedaba a la mujer mucho que vivir, por eso tuvo que regresar de la otra parte de los espejos y desde más allá de los balcones. De madre pasó a ser abuela y, poco después, retornó a su papel de madre. Ana me abandonó y, contra todo pronóstico, me rogó que me hiciese cargo del niño, que intentase por todos los medios no volver a involucrarlo en su vida, que sería un recordatorio permanente de la tristeza que la comenzó a habitar tan pronto se hizo una conmigo. Aún no lo entiendo, pero lo acepté. En parte porque a Ana la amé como sólo se es capaz de amar una vez en la vida, y en parte porque algo de razón llevaba mi madre al decir que una mujer a la que no le importa despedirse de su hijo para siempre no merece el nombre de persona. Luego llegó Felisa y bajo ningún concepto quiso hacerse cargo del niño. Es probable que mi madre, tan apegada como estaba ya a Vicentín, tampoco lo hubiese aceptado de buen grado. Felisa siempre fue muy suya para la cuestión de los niños, no los quería ver ni en pintura. “Cada niño que nace es un futuro cadáver”, solía dogmatizar con una frase que a buen seguro había copiado de alguien con más trasfondo filosófico que el suyo.
- ...Hasta la semana que viene, pues. Que te quiero mucho, hijo, que no te preocupes por nada, que estos médicos saben latín y van a sacar esto adelante. Ya besaré al nene de tu parte. ¡Ah!, a la Felisa la he visto guapa como nunca. Te quiere, se nota que te quiere. Bueno, lo dicho..., y ya preguntaré otra vez en recepción si hay algún día especial en el que puedan entrar los perros al hospital.
Oigo el portazo. Ya podían apretar un poco el engranaje del codillo que sujeta la puerta. Guapísima la Felisa, ¿en qué mundo vivirá esta mujer? Y que no la oiga el doctor Ramón llamarla la Felisa, es una ordinariez que su correcta educación no permitiría. Ya me lo estoy imaginando: “¿Y esa mujer tan paleta es tu suegra?”. Guapísima la Felisa. Ahora recuerdo cuando contaba los pétalos de las margaritas antes de arrancarlas del suelo para asegurarse de que su pregunta de si me quiere o no me quiere iba a ser contestada afirmativamente. ¿Hará ahora lo mismo con Ramón? Supongo que la pregunta es ociosa. Supongo también que a Ramón le habrá dejado bien claro que nada de niños, y que no habrá perdido ninguna de sus manías: doblar las esquinas de las páginas de los libros en lugar de colocar marcadores para saber dónde interrumpía la lectura, estudiarse compulsivamente el prospecto de los medicamentos, santiguarse al pasar por delante de cualquier templo, hojear el periódico comenzando por el final y reservando con delectación suma para lo último la sección de cartas al director, cambiar las sábanas inmediatamente después de cada encuentro amoroso... Guapísima la Felisa.
Sospecho que conmigo su futuro carece tanto de génesis como de omega, pero no es menos cierto, aventuro, que con Ramón el porvenir está escrito con muchas faltas de ortografía. No de otra forma puede ser cuando dos soledades se unen para intentar anularse. Lo más probable es que se multipliquen. En estas cosas de los sentimientos, y ésta es una de las pocas enseñanzas que me hubiera gustado transmitirle a Vicentín, no caben engaños. Ramón gasta aspecto –y es mucho que me atreva a decir esto cuando soy incapaz de asignarle un rostro concreto- de ser un tramposo, tan tramposo que puede que falsifique su propia firma. De Felisa no voy a decir nada más, no me está concedido ser objetivo. Lo que no se me escapó fue que una vez que el médico consiguió de Felisa la autorización (aún no sé para qué, si bien mucho tenía que ver conmigo) sus zalamerías descendieron. Recuerdo de aquel entonces el énfasis en los discursos de Ramón: “Es una oportunidad única, Felisa, casos así se presentan raras veces..., y está en tu mano. Ten en cuenta que puede ser un avance importantísimo en el campo de la neurología, por favor, Felisa, no hay riesgos, qué vamos a perder...” Y la resistencia de Felisa que fue cediendo como la marea bajo la luna.
Mi hijo dejó de visitarme, eso fue lo que más me dolió, mucho más que el dejar de sentir los brazos. Me instalé en la nada. ¿O sería mejor decir que me instalaron? Fue como regresar al útero materno, a ese habitáculo dulcemente viscoso donde las palabras de Felisa no herían tanto: “De acuerdo, Ramón, ya está hecho, ¿era esto lo que querías?, ¿no ves que es una monstruosidad?, ¿esto es avance científico?”. Palabras que no pretendían ser hirientes. Después lo comprendí. Fue una innecesaria autojustificación de mi mujer para presionar a Ramón y conseguir de nuevo sus atenciones. Ramón sólo las prodigaba cuando necesitaba una nueva firma de Felisa. “Tonta, no seas así, estás posibilitando lo que nadie se ha atrevido antes a consentir, la posteridad te lo agradecerá. Vamos, alegra esa cara...” Y las autorizaciones para no sé exactamente qué se iban sucediendo. Si Felisa hubiese creído en los cuentos de hadas se habría tenido que atar su propia sombra, como hizo Peter Pan, para que Ramón, con sus dulzuras medidas no consiguiese despojarla de ella.
- En la unidad móvil traerán los sueros necesarios para la intervención, Feli, ya está todo preparado, firma aquí, por favor.
Siempre me intrigó que existiesen las unidades móviles y no las decenas y centenas móviles. Esos extraños pensamientos me servían para no caer en la tentación de querer saber con aproximada exactitud qué clase de turbios manejos se traía Ramón sobre mi persona y sobre la de mi mujer. Seguramente fueran un sustituto de las poesías de Miguel Hernández, un intento de querer entristecerme mediante silogismos imposibles y razonamientos descabellados. Es increíble los mecanismos de defensa de los que se sirve el ser humano (porque yo, aunque ciego, sin conciencia de mi cuerpo –colijo que soy tetrapléjico-, cautivo y desarmado, insisto, me considero todavía persona) para despistar atenciones. Cuando Ramón felicitó a Felisa por enésima vez tras su enésima autorización una frase me cubrió el campo operativo de todas mis conexiones neuronales: “Y la carne se hizo verbo y acampó entre nosotros.” Ridículo, ¿verdad? Pero es que será cierto que la mente tiene sinrazones que sólo la sinrazón entiende.
- Estoy preparando el artículo, Feli, va a ser una provocación. Y todo gracias a ti. Aumentarán las subvenciones, podremos mejorar el programa, comenzaré a investigar de verdad, podré dedicarme a investigar, sin agobios de guardias ni horarios, con equipo adecuado..., no sabes lo que estás haciendo por mí, Feli. Y no pongas esa cara, todo está siendo un éxito. Y él no sufre, ya lo ves.
Yo ya no era Miguel, para ellos había pasado a ser él. “Me llamo barro, aunque Miguel me llame.” Ahora bien, de justicia es reconocer que Ramón llevaba razón, yo no sufría. Físicamente hacía días que el dolor había remitido, si acaso me dolía la ausencia de dolor. Y psíquicamente no podría calificarse exactamente de sufrimiento el sentimiento que me llenaba. Si tuviese que definir ese proceso diría que a la turbación sucedió la paz, y a la paz la nada. Una parte de mí, quizá afligida, la que concibe desde mi infancia morir feliz antes que libre, calcula que el proceso para Felisa ha sido el contrario: de la nada en la que se sumió al tomar conciencia de mi segundo intento de suicidio derivó hacia la paz que le produjo el descubrimiento de Ramón, y de ahí se instaló en la turbación. Acaso por eso repitiese tanto la pregunta: “Ramón, y así, ¿hasta cuándo?”.
Para ella sí importaba el tiempo, daba la impresión, por sus palabras, que los días se hubieran detenido en el mismo momento en que ingresé en el hospital. En realidad no se había detenido el tiempo, sino las cosas, las emociones, los muchos cordones umbilicales de plástico que me ataban, suponía, a tanta máquina casi silenciosa que a buen seguro me mantenía con vida. Se había detenido la vida, que es lo mismo que decir que había muerto el interés por el futuro. Si a mi mujer dejó de preocuparle la hipoteca, la comida del perro, la cita con el dentista y la halitosis, a mí terminó por resultarme indiferente casi todo. No quería saber si era cierta la imagen de la habitación formada en el perenne insomnio y sustentada por las pequeñas pistas que me daban mis visitantes y cuidadores. Me hacía la ilusión de ocupar una cama reclinable protegida por una especie de mampara de cristal resistente, con brazos articulados suficientes como para permitir el ensamble de catéteres, botellas de sueros, etc., etc. También, gracias a las indicaciones que Ramón giraba a mi mujer supe que había no pocos aparatos eléctricos que vigilaban mis constantes vitales. Otros detalles, como por ejemplo, el que todo el que entrase en la habitación llevara un calzado especial lo deduje por el sonido. Ni siquiera me importaba saber si estaba desnudo o si algún tipo de camisón del hospital cubría mis vergüenzas cuando se me mostraba a las visitas. Detalles ahora nimios para mí. Otros no lo eran tanto, como saber por qué padecía de insomnio y aguantaba días y días sin dormir sin notar el menor cansancio. Tampoco recordaba haber sentido las más básicas urgencias fisiológicas, tal vez las auxiliares cumpliesen tan bien con su trabajo que ni tiempo me hubiese dado a percatarme del incomodo de mis propios excrementos. La hipótesis de que pueda estar en coma la descarto porque sé que, aunque no sienta mi cuerpo, siento sus movimientos, y eso es definitivo. Al menos para mí.
Podría hablar a favor de lo absurdo de esta opción recordando la visita del juez.
- Esto es una tomadura de pelo, doctor Medina...
El juez, setentón casi con toda seguridad, se enfadó agriamente con Ramón:
- ... ¿No tiene otra cosa mejor que hacer que jugar a Frankestein? De gracias a que tengo pilas enormes en el juzgado de casos que precisan rápida solución, de lo contrario lo denunciaba por, por..., por..., bueno, por lo que fuese, que lo que usted ha hecho seguro que está tipificado como delito.
Y Ramón, compungido pero batallador:
- Pero, vamos a ver, ¿qué le cuesta intentarlo? Es una persona, aunque su cuerpo esté en estas condiciones puede razonar con toda claridad.
- Se va a meter sus teorías donde le quepan, a mí déjeme de gaitas y conteste: ¿Quién viene a visitar al enfermo?
Por el cariz que tomó la conversación, o monólogo autoritario, para ser del todo exactos, pude inferir (“¡Qué pedante eres, hijo!”, ocioso considero desenmascarar otra vez a la autora de este tipo de frases) que el juez se había acercado a mi lecho de dolor para practicar ciertas diligencias relacionadas con mi segundo intento de suicidio. La eutanasia es un pecado, el juez lo sabía bien, amén de un delito, si bien esto tenía todas las trazas de importale menos. Si me hubiese matado yo no habría tenido mayor trascendencia el asunto porque el culpable ya estaba castigado, pero como se involucró una segunda persona había que poner las cosas en su sitio y, a ser posible, lograr su ingreso en prisión prontamente. No acierto a imaginarme qué fue lo que tanto le disgustó a su señoría. Quizá mi aspecto poco saludable y la insistencia de Ramón para que me preguntase: “No tenga reparos, pregunte lo que quiera y fíjese en los monitores, la señal le indicará si la contestación es afirmativa o negativa.” De ahí concluí que mi incapacidad para hablar era definitiva, a no ser que el juez necesitase saber con cierta urgencia algo que yo conocía. Esta opción se reveló poco probable al contrastarla con la lentitud proverbial de la justicia.
El juez no atendía a las indicaciones de Ramón, se había obsesionado con la situación: “Me hacen disfrazarme como un payaso para entrar aquí, que hasta guantes en los pies me he tenido que poner, me hacen venir no estando de guardia, me presentan un cuadro surrealista y, para más inri, se me pide que me comporte como si se tratase de un caso de los más normales, ¡esto es el colmo!, el-col-mo.” Creo que hasta amenazó a Ramón con regresar otro día a investigar, no el delito de intento de eutanasia hacia mi persona –o lo que quedase de ella-, sino las posibles irregularidades cometidas en aquella habitación. Quiero pensar que debería haberme interesado saber de qué tipo de irregularidades se trataba, pero fui incapaz de generar una mínima curiosidad. Por los comentarios de las enfermeras, como siempre, pude saber más tarde que la investigación se trasladó y centró en los componentes de la plantilla que trabajaron la tarde de autos, o sea, cuando una buena dosis de arsénico y pastillas multicolores varias ingresaron en mi organismo. Casi mejor. Por nada del mundo querría que Ana se viese perjudicada por el último acto de amor que me demostró. Último y primero. Si ella quedaba al margen y los reveses del destino propiciaban que, por ejemplo, Ramón, cargase con las culpas, miel sobre hojuelas.
- No te preocupes, Feli, toda la comunidad científica respalda este experimento. No pongas esa cara de decir que ya me lo habías advertido. Todo está saliendo a pedir de boca, te lo he dicho mil veces. Que un juez carcamal católico, romano y apostólico venga a poner pegas no es motivo para volverse atrás. Confía en mí, Feli, es lo único que te pido, que confíes en mí, ¿de acuerdo?
Le cuesta mucho al médico anular la determinación primera y ya rancia de Felisa de detener la sucesión de autorizaciones, pero sabe que ella ha aprendido en muy poco tiempo a depender en todo de él. Franklin lo decía, además, de una forma muy bella: “Las cometas vuelan más alto en contra del viento, no a su favor.” Bueno, está claro que no era ésta la cita que tenía en mente, pero también es bonita.
- La última, Ramón, va a ser mi última firma. Llevas cinco meses con intervenciones, como tú las llamas, y el resultado es cada vez más inhumano...
- ¿Inhumano? –la atajaba él-, ¿es inhumano querer el progreso? No te entiendo, Felisa, por Dios que no te entiendo. ¿Por qué te empeñas en pensar que él sufre? ¡Mira los monitores, los biorritmos, los informes! Su cuerpo ya no sufre, Feli.
- ¿Cómo que su cuerpo ya no sufre?, ¿te atreves a llamar a eso cuerpo?




TRES

Varios interrogantes me habían entretenido: ¿por qué no sentía necesidad de dormir?, ¿por qué Ana se prestó a lo que a todas luces se me revela ahora como una insensatez?, ¿por qué Felisa consideraba que mi cuerpo no era merecedor de tal nombre? El reto de dar con respuestas algo coherentes quedaba enturbiado por la aparición recurrente de mi interés por entristecerme. “...Aunque Miguel me llame”. He de añadir que los razonamientos se mezclaban. Así pensaba que el sueño me había abandonado de forma definitiva porque la dosis de arsénico que Ana me proporcionó me había desfigurado tanto el cuerpo que, al no parecer humano, Felisa lo aborrecía. Pero, tan pronto terminaba ese ensayo de explicación me percataba de su irracionalidad y del declive hacia el absurdo de la inferencia. A mi madre, según contaba, le sucedía algo parecido en su niñez, pensaba en golondrinas y decía jilgueros, pensaba en trigales y pronunciaba barbechos, se imaginaba botijos y no acertaba a balbucir nada más que redomas. La adolescencia corrigió aquel curioso desfase entre lenguaje y pensamiento y lo volvió a resucitar la vejez, mejor dicho, el atisbo de vejez que ensayó mi madre cuando me casé. Una vez que tuvo que regresar desde más allá de los balcones y del otro lado de los espejos para hacerse cargo de Vicentín desapareció para siempre pensar noviembres y decir paraguas. Si me estuviera permitido aventurar profundas explicaciones a éste y a parecidos fenómenos diría que el intelecto, en cuanto se ve libre de resolver necesidades básicas porque las tiene bien cubiertas, se sumerge en laberintos rayanos al desatino. Lo digo por experiencia. En el estado en que me encuentro no preciso preocuparme por el pan de cada día ni por la educación de mi hijo, así como tampoco echo de menos la necesidad de procurar felicidad a mi esposa, por lo cual mi mente tiene carta de libertad para vagar a sus anchas. Si se me ha negado, no sé por qué razón, la huida de entristecerme, sólo me resta barajar los dislates que invento. Intentaré ser metódico. Una, dos y tres..., seguro que ya he respirado hondo.
Primer punto: ¿por qué Ana aceptó facilitarme la segunda muerte? Posibles respuestas plausibles: por lástima o por pagarme el haberme hecho cargo de nuestro hijo sin rechistar. Cualquiera de las dos me sirve.
Segundo punto: ¿por qué no echo de menos el sueño? Posibles respuestas plausibles: porque si durmiese echaría de más la vigilia o porque los efectos de la combinación de fármacos que me suministran apuntan a mantenerme despierto para que no muera (esto lo he visto en algunas películas) Ninguna de las dos respuestas me parece aceptable, pero me es indiferente.
Tercer punto: ¿por qué Felisa ya no me considera humano? Bueno, voy a intentar no pecar de mártir y formularlo en sus términos más exactos: ¿por qué Felisa considera que mi cuerpo no merece tal nombre? Respuestas: cuando tuve el accidente y quedé parapléjico mi aspecto debió resentirse considerablemente, sin embargo, no tanto como para que causase impresión a quien me viese. De hecho mi madre seguía alabando mi belleza, y si bien es cierto que el criterio de una madre en tales cuestiones no ha de tomarse por absoluto, pecaré de inmodestia y diré que alguna que otra enfermera comentó que era una lástima que un hombre tan guapo como yo hubiese quedado inválido. Así pues la hipotética transformación de mi cuerpo se produjo a raíz de la ingesta nefasta de arsénico y fármacos desaconsejables. Mis limitados conocimientos de farmacología –comparables a los que poseo en relación a la física nuclear o a la cría de los crustáceos de las Antillas- me alcanzan, no obstante, para saber que es imposible que un organismo acuse el recibo de sustancias dañinas deteriorando su forma externa (“¡Qué pedante eres, hijo!”, habría dicho, y esta vez admito que no sin razón, Felisa) Conclusión: si mi cuerpo es lo más parecido a un engendro se debe a las intervenciones de mi nunca lo suficientemente bien ponderado Ramón, autorizadas, a su vez, por la nunca lo suficientemente bien amada Felisa. No quiero caer en desvaríos, pero, si la especialidad de Ramón es la neurología, ¿por qué se ha atrevido a operarme y retocar –o maltocar, admítase el neologismo- mi físico? No creo que el cerebro necesite operaciones. Respuesta: entre Ramón y mi mujer me están dejando hecho un Cristo, un Ecce Homo, que diría la buena de doña Lourdes, la profesora que me enseñó que con los argumentos de la Biblia en la mano se puede defender una tesis y su contraria y que es más importante saber disfrutar del fresco de una tarde de mayo que aprender la diferenciación entre cirros, cúmulos, nimbros y estratos. Pero, siguiente paso, ¿qué interés tiene la pareja de tortolitos en dejarme fuera de juego? Contestación evidente: yo estorbo. Es tan sencillo que no sé cómo no lo he pensado antes. Confieso que los exabruptos del juez me pusieron sobre la pista. En sus manos dejo que detenga esta felonía. Ya no me quiero morir, y por supuesto no me hace la menor gracia que me suiciden. Por muy incómodo que me resulte tener que sacar fuerzas de flaqueza para revivir y hacerles la vida imposible a estos dos lo prefiero. Estoy en mi derecho, ¡vaya que sí! Lo que sucede es que antes tendría que sacudirme este acomodo en la nada, y para ello es imprescindible recuperar mi tendencia a la tristeza.
Tengo visita.
Ramón está en el grupo, puedo detectar la ausencia de matices en su voz. Hay, al menos, otras tres personas. Felisa no ha venido. Debe tratarse de una visita profesional, pues no se detecta ningún tipo de camaradería entre los que están en la habitación. Hay una sola mujer, lo sé porque pisan con más suavidad que los hombres. Si saliese con bien de ésta, y ahora es algo que me está comenzando a apetecer, podría dedicarme a labores finas, como a sexador de pollos, catador de vinos, probador de perfumes, no sé, de algo me ha de haber servido esta temporada de refinamiento sensitivo.
- Cierre todas las válvulas.
Ramón, muy en su papel, ha comenzado a dar órdenes.
- Supongo que también habrá conseguido la autorización, doctor.
Esta voz es nueva, cincuentona, muy poco viril. Voz de cura secularizado.
- No se preocupe por eso ahora, Gálvez, y concéntrese en la intervención.
Luego Ramón ha vuelto a convencer a Felisa para que me operen de nuevo.
- Hay que dejar todo bien atado, Ramón, el juez anda haciendo preguntas por el hospital...
- ¡Gálvez!, le digo que se concentre en lo que tiene entre manos. Si cada uno cumple con su trabajo no hay de qué preocuparse. Piense que está en juego el futuro del departamento. Llevábamos años esperando esta oportunidad, no la eche a perder por aprensiones absurdas.
- Sólo he preguntado si tenía la autorización. Sólo eso.
- La tengo, no se preocupe. La tengo firmada y bien firmada. ¿Va a seguir interrumpiendo o podemos comenzar?
No hay contestación.
Voy sintiendo un extraño sopor, una especie de pesadez que me hace escuchar las palabras con eco excesivo.
- En cuanto los niveles bajen a cero conecte los electrodos. Atentos a la presión del oxígeno y al bombeo de sangre...
- Presión dos con seis..., presión dos con cuatro..., presión dos con dos......, presión dos con..., presión uno...., presi......

CUATRO

Ha venido mi madre. No ha parado de contarme extravagancias. La he visto muy animada, mejor así. No creo que sea tarde para que busque un hombre y rehaga su vida. A fin de cuentas creo que mi Vicentín se merece también un padre de verdad, y aunque sea nonagenario a nadie escapa que en los tiempos que corren los padres de hoy son los abuelos de sus hijos. La mujer llevaba el mismo luto de siempre, pero, no sé, yo la veía de colores. “Duende está un poco cabezón, te echa mucho de menos, y ladra como un descosido. Cuando hay luna llena lo tengo que sacar al balcón para que no destroce las patas de las sillas. No quiero ni pensar en lo que ocurrirá cuando llegue la época de celo. En fin... El nene bien, Miguel, como siempre. Le han puesto un P.A. en todo, dice la profesora que es muy despierto, aunque un poco gandul. La profesora se parece mucho a doña Lourdes, ¿te acuerdas? Aquella solterona que no os enseñaba nada más que tonterías y que acabó suicidándose, ¿te acuerdas? A lo mejor no, eras muy pequeño. Cuando se mató comenzaste con aquella letanía tonta de que te llamabas barro ¡Mare de Deu del Lledó!, ¡qué cosas! Pues eso, que Vicentín está muy bien, ya casi criado, un hombrecete... Y la Graciela se ha quedado embarazada otra vez..., va a matar a su madre a disgustos, y digo yo que por qué no la operan para que no la dejen preñada más, que eso es el cuento de nunca acabar. Su madre te envía recuerdos, la pobreta, ay que ver, de una familia tan elegante, magistrado nada más y nada menos que el padre, y les sale esa cabra loca...”
Me da por pensar que es extremadamente fácil que la Graciela, a quien no conozco, pero de la que mi madre me habla como si fuera prima hermana, se haya quedado embarazada del Espíritu Santo y de a luz una estufa de butano, ¡qué cosas! También pienso que es una lástima que mi madre no se inscriba en una academia de bailes de salón o se aficione al senderismo o al noble arte del solfeo en su modalidad del clarinete. Me gustaría haber pensado siempre que es más aconsejable tener una afición antes que un dolor de muelas. Apurando un poco creo que es preferible presumir de periquitos que de depresiones, estas últimas son más limpias, cierto, pero no disponen del cromatismo de los periquitos. Tanto las depresiones como los periquitos repiten las palabras que escuchan, que suelen ser producto de nuestras obsesiones, empero (“¡Qué bien hablas, Miguel!”, se habría enorgullecido de mí mi Felisa), empero, digo, en pico de los periquitos suenan distintas, mientras que las depresiones nos las devuelven con el eco de nuestra propia voz. No voy a negar que una depresión muere y ahí acabó todo, mientras que si lo hacen estos pajaritos hay que enterrarlos y enterrar luego la pena. Acabaré esta pequeña digresión contraviniendo la creencia de que a los periquitos, como a todos los animales, hay que alimentarlos, en tanto que las depresiones se alimentan solas. Falso. Y no digo más. Mi madre haría bien en dejar de alimentar sus depresiones. La veo capaz, muy capaz. Lo mismo que la veo capaz de terminar cogiéndole cariño a Duende, aunque un pitbull no se parezca en nada a una pareja de periquitos... Y haría también muy bien en traer a mi Vicentín a verme. ¿Que soy feo? Eso es muy relativo. No hay hombres feos, sino mal arreglados. ¿Que un hospital impresiona? Tampoco es del todo cierto. Si viniera mi Vicentín compensaría lo frío del ambiente hospitalario con la alegría de vivir que se ha apoderado de mí. He aborrecido de pronto todos los sonetos de Miguel Hernández, me gustan más los poemillas satíricos, las letras ocurrentes, como aquellas poesías que nos recitaba mi padre, que en la gloria seguro que está –aunque él siempre nos decía, para reconcomio de mi madre, que le gustaría ir al infierno, que debería haber más animación y se libraría, así, de los insufribles Cursillos de Cristiandad-, poesías como la de “Admiróse un portugués/ de ver que en su tierna infancia/ todos los niños de Francia/ sabían hablar francés...” Genial, era genial. Se la tengo que enseñar a Felisa, que la mujer hace tiempo que no levanta cabeza. Sé por su voz que ha perdido, como mínimo, cinco kilos. Y que ostenta su rostro una palidez cadavérica. Además, ahora las cosas entre Ramón y ella no andan todo lo bien que debieran. Me apena. Lo digo de verdad, me apena. Ambos son jóvenes y se merecen disfrutar de la vida, por mí que no se preocupen, soy feliz, inmensamente feliz, y me gustaría que todos compartieran mi felicidad. Me han entrado ganas de decirle a Felisa varias veces que abandone su obsesión por leer las cartas al director de cuanto diario cae en sus manos, que una obsesión desemboca en depresión, y es lo último que ella necesita. Pero siempre que intento hablar, además de que no me sale la voz, me entra un deseo incontenible de reír, ¡qué digo reír!, de carcajearme. Le diría: “Felisa, ¿no ves que es de mala educación leer las cartas de los demás?”; pero no puedo, ya digo. Y cada vez más lánguida la mujer. Si pudiera me preocuparía por las discusiones entre Ramón y ella, siempre hablando de intervenciones, de autorizaciones, de engaños, de historias..., ¡que se dejen de tonterías y disfruten! Se me pasan muchas cosas por la cabeza. Por ejemplo, que sería una buena terapia para Felisa que visitara el zoo; es, opino, una de las mejores maneras de reconciliarse con el género humano. A Ramón le aconsejaría que se duchara una vez al mes, tocase o no, poque el olor a cloroformo que exudan sus poros atonta a cualquiera. ¡Pobre Ramón, siempre agobiado, siempre preocupado por las apariencias! Es de esa clase de personas aficionadas a las plantas que tiene en su casa una triste trompeta del juicio y presume de datura arborea. Así nunca llegará a nada en la vida, si acaso a político. Por no hablar del juez, otro pobre hombre que se ha aficionado últimamente a visitarme (es un decir lo de visitarme, porque me ignora) para quejarse por todo y ordenar a sus subalternos que tomen nota de cualquier detalle de la habitación, por muy insignificante que parezca. Debería enfadarme con ellos por perturbar mis raciones de felicidad, no obstante, no puedo, me divierto. Me hacen gracia todos sus comentarios. ¡Ay que ver cómo me ha cambiado el carácter! Y todo se debía a una mera deficiencia en el sueño. Por supuesto que lo he descubierto yo. La acritud de mi persona era producto de mi mal descanso nocturno, años y años pensando que descansaba y me limitaba a dormir. Como el padre de la Graciela, que estuvo diez años confesándose del pecado de la gula y luego cayó en la cuenta de que se trataba de apetito normal. ¡Qué cosas! Le debo agradecer a Ramón que, queriendo o no, que creo que más bien fue que no, me durmiese en la última intervención. Al principio pensé que el muy ladino se había confabulado con su equipo para finiquitarme, de ahí tanto miedo al juez, pero al despertar me sentí un hombre distinto. Me había hecho, por fin, descansar. Y yo venga a pensar mal sobre él, ¡qué desconfiado! Si hasta me entran ganas de encararme con el juez, ese personaje tan esquinado, y decirle que deje de presionar al médico, que ha conseguido lo que nadie, devolverme las ganas de vivir, sacarme de la nada, anular mi deseo de asistir a mi propio entierro.
Uno, dos y tres, ya he respirado hondo, seguro. Repito esta terapia para dejar de reírme. Quiero pensar durante un rato en Ana, en la manera de conseguir que vuelva, que no se sienta culpable por lo que hizo. Quisiera transmitirle mi agradecimiento. Quisiera transmitirle mi agradecimiento a todo el mundo, a mis padres, por haberme concebido, a doña Lourdes, a Vicentín, a las auxiliares, a Dios, que me voy. Lo siento, no lo puedo evitar, siempre que puedo improviso un chiste. Ni esta risa, no puedo evitar ni la risa, aunque no tenga motivos. Soy feliz, ¡Mare de Deu del Lledó!, como dice mi madre, soy definitivamente feliz y siento la urgente necesidad de decírselo a todo el mundo.
- Has hecho una canallada, Ramón, y esto no va a quedar así.
Pobre Felisa, empeñada en no ser feliz. ¡Qué gritos!, ni que se estuviera dirigiendo a mí.
- Estás histérica. ¿Por qué no te tomas unos días libres?
- Te digo que esto no va a quedar así, te voy a denunciar, voy a contarle la verdad al juez.
- ¿Me amenazas? ¿Crees que esto es una trama de mafiosos? Esto es ciencia, óyelo bien, Felisa, ciencia...
Mal indicio si el médico ha abandonado el cariñoso Feli. Lo ridículo es que no puedo dejar de reírme a pesar de lo dramático de la situación.
- ... No hay nada delictuoso. Todo está en regla.
- Pues ya me dirás cómo le vas a enseñar al juez mi firma en la autorización de la última intervención.
- La firmaste, Felisa, otra cosa es que no te acuerdes.
- Pues ya se encargará el juez, entonces, de refrescarme la memoria. A mí o a ti.
- Felisa, sé razonable, no armes escenas sólo porque lo nuestro no funciona. Lo hemos intentado, ¿o no? Tenemos caracteres incompatibles, pero no es el fin del mundo. ¿Eres incapaz de separar lo sentimental de todo lo demás? ¿No te preocupa el futuro de tu marido?
- ¿Te preocupaba a ti acaso cuando me llevaste a la cama la primera vez, pedazo de cínico? Yo no te importaba, sólo querías que autorizase tus experimentos, y ahora que lo has conseguido no te intereso, ¿verdad?
- Sintiéndolo mucho tendré que pedir que te destinen a otra planta, esta situación es insostenible para ti, te está afectando demasiado.
¿Cómo pueden discutir de esa manera?, ¿no se dan cuenta de que la vida es maravillosa?
- Te juro que hoy mismo hablaré con el juez.
- Como tú quieras, Felisa, pero hoy en día hay miles de formas de imitar una firma, y la tuya no es precisamente que digamos un ejercicio de virtuosismo gráfico.
Están locos, locos de remate. Deberían leer a Jardiel Poncela, soñar con pajaritos preñados, hacer el amor en ascensores públicos, atiborrarse de nubes de algodón dulce...

CINCO

Felisa ha hablado conmigo. Después de toda una eternidad tratándome como a un mueble se ha dignado a hablar conmigo. Seguramente haya notado el cambio en mi estado de ánimo y me haya perdonado lo mal que se lo hizo pasar mi tristeza. Me ha pedido perdón. No he entendido muchas de las cosas que me ha explicado, pero me siento tan feliz que me da igual. Amo a Felisa, amo a Ana, amo al mundo, amo al hombre del tiempo. Le ha correspondido a ella darme la triste noticia de la muerte de mi madre. Un ataque al corazón. La edad que no perdona. Me he alegrado, paradojas de la vida, así la mujer habrá dejado de padecer y se habrá reencontrado en el cielo con mi padre, que podrá enseñarle poesías graciosas, de ésas de morirse de risa. Ya no le dolerán más las muelas ni tendrá que ponerse esas medias ingratas contra las varices. También me he alegrado por mi Vicentín, la muerte de su abuela lo ayudará a convertirse en un hombre maduro y a encontrar a una mujer que la sustituya, una mujer de provecho con la que formar un hogar cristiano. Sus escasos siete años no creo que sean una mala edad para iniciar un noviazgo en toda regla. Creo que también ha venido a verme Vicentín. No sé, estoy tan feliz que no alcanzo a percibir todo lo que me rodea, vivo como en una nube. Se han juntado mis dos mujeres y mi hijo, el colmo de la felicidad. Pensarían arroparme en el momento de darme la noticia de la muerte de mi madre, ha sido un gran detalle, pero no era necesario que se preocupasen por mí, soy la dicha hecha persona.
A Vicentín no lo he oído; oía, eso sí, unos pasos tímidos, arrastrados. Supongo que le sigue impresionando el ambiente hospitalario. Soy feliz, feliz, feliz...
- Vamos, Vicentín, hijo, baja el interruptor grande y desconecta aquel cable.
Felisa está ejerciendo de madre de Vicentín, es lo último que me faltaba para alcanzar el colmo de la felicidad. Ella siempre ha detestado a los niños y ahora juguetea con mi hijo aprovechando sus conocimientos de estas máquinas que deben rodearme.
- Felisa, ¿estás segura de que estamos haciendo bien?
- Completamente, Ana. Cuando a una se le niega la justicia debe buscarse las mañas para...
- ¿Este cable?
- Sí, Vicentín, anda, tira de él.
Soy feliz, feliz, feliz, feli, fel, fe, f.....................


SEIS

Artículo aparecido en el diario La Verdad de Alicante.
En relación al caso del asesinato del cerebro, tal y como ya es conocida por la opinión pública la muerte de Miguel Puig Potrero, el juez ha ordenado el ingreso en prisión de Felisa P.S., actual mujer del asesinado, y Ana A.A., ex-mujer del mismo. Todos los indicios apuntan a que, conocedora de que Ana A.A. había sido quien suministró a su esposo el veneno necesario para acabar con su vida en un segundo intento de suicidio, Felisa P.S. la chantajeó para que, a cambio de guardar silencio, acabase con la vida de su marido. Ana A.A. ha admitido que accedió a tal petición a condición de que la actual mujer de Miguel Puig se hiciese cargo de su hijo.
De manera oficiosa, ya que se ha decretado el secreto del sumario, se ha podido saber que el autor material del asesinato de Miguel Puig fue su propio hijo, seguramente inducido por una de las dos mujeres que en aquel momento se encontraban en la habitación del hospital. El hijo, de siete años de edad, no puede ser imputado. En la actualidad está bajo la tutela de los servicios sociales ya que su abuela, quien hasta fechas recientes se hacía cargo de su cuidado, murió a consecuencia de las mordeduras de un pit-bull de su propiedad.
El caso ha salpicado también al equipo de neurólogos del Centro hospitalario, especialmente al doctor Ramón Bellido, quien tuvo que declarar ante el juez la semana pasada, acusado por Felisa P.S. de haber falsificado su firma en la autorización de una de las intervenciones previstas para su marido. El médico tuvo que responder acerca de ésta y otras acusaciones ciertamente hilarantes en una vista de la que salió absuelto. Por lo que respecta a.........


Carta aparecida en la sección de Cartas al Director en el diario de misma fecha.
Señor director:
Hecha pública la sentencia en la que se absuelve al doctor Ramón Bellido Málaga de los cargos interpuestos contra él me veo en la obligación de contar a todos los lectores lo perpetrado por dicha persona, si es que merece tal nombre, en el cuerpo de mi esposo, recientemente fallecido.
Tras lograr con engaños mi autorización para unas primeras operaciones de mi marido el doctor Bellido falsificó sucesivas firmas mías para seguir interviniendo a su antojo. No contento con haber reducido a mi marido a un simple cerebro al que mantenía con vida con estimulaciones artificiales más propias del doctor Frankestein que de un profesional de la Medicina, se empeñó en experimentar con él para lograr prestigio y subvenciones. Despojó a mi esposo de todo su cuerpo, con el pretexto de que un aparatoso accidente de tráfico primero y una absorción excesiva de fármacos después lo convertían en un lastre para mantenerlo con vida. Durante meses mi marido ha sido un cerebro flotando en un medio acuoso, conectado a mil máquinas, con el único propósito de recabar datos para un más que dudoso trabajo científico. En una de sus últimas aberraciones el doctor Bellido, según se jactaba ante quien quisiera oírlo, logró estimular la zona cerebral correspondiente a las sensaciones placenteras para sumir a mi marido en un estado de excitación dichosa continuada. El siguiente paso sería intentar lo mismo con la zona correspondiente a las sensaciones dolorosas. Ahí no pude transigir más y amenacé a Ramón Bellido con denunciarlo ante la justicia, siendo su reacción la de desconectar los aparatos que mantenían con vida al cerebro de mi marido.
Si en verdad existe la justicia en este país pido la revisión de un caso que se ha cerrado prontamente, quizá debido a que el juez que instruyó las primeras diligencias con gran profesionalidad haya tenido la desgracia de inhibirse por razones no del todo claras, pero que quizá tengan algo que ver con el aborto ilegal practicado a su hija Graciela por colegas del doctor Bellido.
Felisa Planells Satrústegui.

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